Atribuciones y tribulaciones

La realidad externa e interna contiene todo tipo de señales con una capacidad informativa variable. Nuestro instinto de supervivencia física y social intenta captar aquellas que permiten anticipar sucesos y estados relevantes y despreciar el ruido, lo que no aporta nada, lo que no avisa.

La atribución de relevancia es una función compleja. Aprendemos a separar el grano de la paja, el ruido de la señal, a base de experiencia, de errores y aciertos propios y ajenos y, para bien y para mal, de la instrucción de los expertos.

Pensamos que la instrucción experta es fiable y que su información nos permite atribuir con fiabilidad relevancia a todo tipo de variables. En algunos casos es así pero no en todos. En concreto, en el tema del dolor, sucede más bien lo contrario: los expertos de todo tipo facilitan una instrucción que puebla el cerebro de falsa relevancia. Los circuitos defensivos están inoculados de señales que atribuyen erróneamente relevancia y activan directamente los programas defensivos correspondientes, es decir, dolor, fatiga, insomnio, nauseas, intolerancia sensorial, inactividad o cualquier otra percepción aversiva.

La función de atribuir relevancia es especialmente sensible en las transiciones, los cambios de escenario, sean hormonales, meteorológicos, laborales o sociales. El cambio genera un estado atencional sensible que persiste hasta que se toma la medida al nuevo escenario. Los expertos atribuyen excesiva relevancia negativa al cambio aunque este sea a mejorajor (finde respecto a día laboral en la migraña, por ejemplo).

Los sucesos aversivos, físicos o emocionales, generan también la incertidumbre de su resolución, la posibilidad de la secuela, la recuperación defectuosa.

La proyección a la conciencia de los programas defensivos, es decir, los “síntomas” son evaluados  como confirmación del acierto en la atribución de relevancia y la falsa señal queda catalogada como relevante.

El viento sur, el queso, el ejercicio, el dormir bien o mal, “los cambios”, cualquier variable cotidiana inofensiva cotidiana, queda tocada por el peso de la relevancia, de la condición predictiva.

– Cuando sale viento sur me duele la cabeza.

El cerebro atribuye relevancia aversiva sobre la cabeza al viento sur y activa los programas defensivos del dolor, el lavado gástrico y la intolerancia sensorial para proteger la cabeza. Así de absurdo.

Lo peor es atribuir relevancia a una condición constitucional, genética, cuando no la tiene.

– Es usted migrañosa. Sus genes contienen la condición enfermiza de la migraña. Acéptelo.

El cerebro acepta esa relevancia y sensibiliza la función de atribución a cualquier variable, especialmente a aquellas que la cultura señala como relevantes.

“Vivimos por encima de nuestras probabilidades”, dijo Eduardo Fondevila, un fisioterapeuta amigo, experto en falacias lógicas y muchas otras cuestiones.

El cerebro debe gestionar lo posible, debe contenerlo con el temple de la probabilidad. En cada momento hay muchos, infinitos sucesos posibles pero pocos probables. El cerebro debe ahorrar esfuerzos inútiles, limitar los encendidos a lo probable, a lo sensato.

Los síndromes de sensibilización central expresan el error circular de atribuir relevancia a sucesos y estados, pasados, presentes y futuros, desde la posibilidad improbable, desde la atribución de verificación a los síntomas.

– Tengo síntomas, luego estoy enferma.

Los síntomas sólo certifican el encendido de los programas defensivos. La enfermedad debe detectarse con la exploración, los análisis, las imágenes y las biopsias.

De la falsa atribución vienen las tribulaciones del sufrimiento y la invalidez.

Vivir en la posibilidad por encima de la probabilidad es terrible.

Volver a la probabilidad razonable no es fácil.

El cerebro prefiere eliminar la incertidumbre con el error menos costoso. Prefiere la hipótesis de enfermedad posible y se encierra en el bucle de la confirmación engañosa de los síntomas.

Habría que ayudar al cerebro a gestionar la atribución. Los expertos debieran ser conscientes de la importancia de sus mensajes.

Atribuir, contribuir, retribuir…

Ustedes mismos

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Dolor: plasticidad y aprendizaje

La plasticidad está de moda. El cerebro es un órgano plástico. Admite retoques, estimulaciones, inhibiciones, refuerzos. Para ello podemos utilizar psicoterapias y “neuromoduladores”, fármacos que modifican los niveles de serotonina, dopamina, noradrenalina o bajan los ímpetus excitatorios de los circuitos.

El futuro nos permitirá activar o inhibir a demanda áreas cerebrales aplicando campos electromagnéticos. Bastará con identificar dónde está cada función, para impulsarla si anda floja o inhibirla si se excede. Los microchips introducirán circuitos que nos acercarán a los objetivos marcados manipulándolos debidamente.

Todo podrá ser contenido o animado.

La plasticidad neuronal ha abierto el melón del intervencionismo desde todos los ángulos imaginables y en todos los ámbitos de la vida del sapiens (m.n.t.). Cualquier intervención encontrará un cerebro plástico que admitirá el retoque.

La neuroplasticidad es jauja, futuro.

El dolor no podía escapar a la moda neuroplástica pero, en este caso, para justificar su cronificación. Cualquier evento físico o emocional adverso puede dejar huella indeleble en los circuitos plásticos neuronales. El camino andado en un evento lesional queda marcado para siempre por culpa de la maldita plasticidad. El bombardeo de señal de daño en el asta posterior de la médula deja abierto un camino sináptico facilitado, amplificado y distorsionado, que convierte todo estímulo banal en cualquier espacio-tiempo corporal en “estímulo doloroso”.

Hay individuos  con plasticidad negativa: los circuitos se trastocan y quedan crónicamente desquiciados ante cualquier adversidad.

Otros nacen con plasticidad creativa, positiva: crecen y crecen sus recursos de afrontamiento. Los genes determinan el modo plástico de cada cual.

Una vez establecidos los caminos distorsionados del dolor sólo podemos tratar de minimizar (aliviar) sus consecuencias.

Eso dicen…

…………………………..

Realmente la plasticidad es el sustrato físico del aprendizaje. Las neuronas son células que detectan variables, retienen datos, informan a la red y ésta va construyendo una hipótesis de la interacción del organismo con el entorno físico y social en base a una evaluación continua probabilística de coste-beneficio-perjuicio (físico y social).

Nacemos con mucho aprendido evolutivamente. No podríamos sobrevivir con una plasticidad libre, dependiente de la dirección en la que sople el viento de cada día. No nos construimos un yo plástico, veleidoso, evanescente. La red va cuajando una estructura estable que permite un cierto grado de variación plástica adaptativa pero exige la restricción del respeto a lo consolidado.

La plasticidad da facilidades al aprendizaje emocional, al miedo. Los caminos se cronifican con facilidad si es el miedo y la incertidumbre lo que domina.

La plasticidad del cerebro humano está adaptada al aprendizaje individual pero no puede eludir la dinámica de la imitación y la prolongada dependencia de los instructores. Tampoco puede eludir su querencia a la socialización, a la pertenencia al grupo.

Decir que el dolor es crónico porque la plasticidad ha marcado su destino es decir que el cerebro ha aprendido a hacerlo de ese modo.

El mundo de la plasticidad contiene el mundo de las creencias y expectativas, el de la dependencia cultural, el de las conductas señaladas y reforzadas.

El dolor crónico no se comprende sin considerar el aprendizaje.

Hay una verdadera crisis de salud: el dolor. La plasticidad neuronal está al servicio de un aprendizaje facilitado para que todo acabe doliendo.

Se siguen prometiendo fármacos, neuroestimulaciones, dietas, masajes y demás remedios. Todos utilizarán la propiedad plástica para anidar en los circuitos y generar la apariencia de acción benéfica.

Tenga miedo a todo pero no tema: tendremos remedios a mano para todo.

El dolor se aprende… y puede desaprenderse pero no a demanda ni sin límites.

No hay garantías. Así son los aprendizajes

Recuerde: para bien o para mal, la conectividad neuronal es plástica

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Irritabilidad

La irritabilidad es una propiedad de los seres vivos que les permite detectar un cambio negativo, externo o interno, y reaccionar, tratando de minimizar su impacto.

Dentro de los síndromes de “sensibilización central” hay una entidad titulada “colon irritable” que expresa esa condición: el colon detecta alguna inconveniencia y responde con dolor y cambios en el patrón de evacuación de heces.

La cabeza también parece expresar la propiedad irritable pues se muestra sensible a variables externas e internas y responde a ellas de modos diversos.

Al estado de cabeza irritable, los expertos han dado en llamarla “migraña”, un término que procede del griego y que en castellano significa: “media cabeza”.

“Migraña” resalta una característica notable de la irritabilidad de la cabeza: a veces sólo se da en una de sus mitades: izquierda o derecha, siempre en el mismo lado o alternando.

Así como en el abdomen se atribuye la irritabilidad al colon, por motivos obvios, no queda claro dónde asienta esa propiedad irritable en la cabeza.

Cada profesional ubica la irritabilidad en lugares distintos.

Los neurólogos sostuvieron hasta hace unos pocos años que la irritabilidad asentaba en los vasos: arterias y venas. Sus paredes se mostraban irritables periódicamente, a veces en un lado, a veces en los dos y la irritabilidad se expresaba en forma de un dolor violento, a veces “pulsátil”.

Más tarde se sugirió que no eran los vasos los irritables sino las terminaciones nerviosas del trigémino que los vigilaban. La irritabilidad migrañosa era “trigéminovascular”.

La disponibilidad de nuevas técnicas de registro de la actividad cerebral ha desplazado finalmente la propiedad irritable a las neuronas del cerebro.

La migraña (“media cabeza”) es un cerebro irritable. Todo tipo de variables externas e internas se encuentran en ocasiones con un cerebro que ha tenido un mal día y se muestra irritable, intolerante. A veces es el cerebro izquierdo, otras el derecho, otras ambos cerebros.

La irritabilidad fluctuante cerebral la notan los padecientes. Algo anda desasosegado en la azotea, el cerebro no tiene buen día, algo se barrunta. Los neurólogos llaman a estos presagios: “pródromos”. Indican que el cerebro está irritable y que cualquier fruslería le va a hacer explotar.

Los malos augurios acaban cumpliéndose y al desasosiego le sigue el dolor, creciente, insoportable.

Sostienen los neurólogos que el cerebro no duele y que su irritabilidad sólo puede generar dolor si contagia a las terminales del trigémino, ya que dichas terminales sí duelen si se las irrita. No dicen cómo pero lo cierto es que el contagio sucede. No puede ser de otra manera… a no ser que el cerebro sí pueda doler… pero esa es otra historia.

El cerebro irritable viene así de fábrica, por obra de los genes. La irritabilidad es específica para algunos estados o agentes, absolutamente inofensivos: el queso, el chocolate, los cambios meteorológicos y hormonales…

En ocasiones el cerebro se irrita con el trajín que impone el individuo, con el estrés, con el mal dormir. El cerebro irritable expresa su ira con el individuo cuando éste se dispone a descansar en el finde, con aires de venganza o castigo por haber abusado de la actividad, cosa que parece sacarle de sus casillas.

La ira del cerebro medio o entero se extiende no sólo a las terminales del trigémino sino también al estómago, volviéndolo irritable, intolerante. Para el padeciente eso supone nauseas y vómitos.

El cerebro irritado tampoco quiere que el individuo haga su vida y acaba haciendo irritables a todos los sentidos. No hay estímulos tolerados por más amables, apetitosos e inofensivos que puedan ser.

Otros profesionales sostienen que no son las terminales del trigémino las que se irritan contagiadas por la ira cerebral previa, sino los músculos y articulaciones de cabeza y cuello, que soportan una carga mecánica excesiva y acaban expresando su hartazgo.

Nacemos, según dicen, con una predisposición genética a la irritabilidad, a la detección sensible e intolerante de diversas variables. Si es así, sólo queda el vivir quedo y cauteloso, entre algodones. De otro modo los tejidos, órganos y vísceras irritables expresarán su ira con todo tipo de respuestas mortificadoras.

No cabe el aprendizaje, el entrenamiento, la habituación, la tolerancia … Todo está determinado. Si uno rebasa el límite marcado por los genes pagará la pena correspondiente.

Al individuo sólo le queda contagiarse de la ira primigenia cerebral contenida en los genes y volverse también irritable.

– No se te puede decir nada…

– Soy irritable

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El dolor es un cuento

El dolor es un cuento.

– Buenos días. Cuénteme.

– Me duele. Le cuento.

El encuentro entre padeciente y profesional es un encuentro entre cuentos.

– ¿Desde cuándo, dónde, cuánto, a qué lo achaca, qué hace, qué deja de hacer..?

– ¿Qué opina? ¿Por qué me duele? ¿Qué me aconseja? Cuénteme

– Le cuento.

El dolor es un relato cerebral, una historia, una hipótesis, un temor… basado en hechos reales y/o en imaginaciones.

El cerebro imagina, anticipa la realidad, y convierte sus evaluaciones en relato perceptivo, tratando de implicar al individuo en la historia que teje y desteje sin descanso.

En ocasiones, el relato cerebral está basado en hechos reales. El cuento del dolor expresa lo que está sucediendo aquí y ahora.

Otras veces el relato perceptivo de dolor no expresa mas que los temores cerebrales. Nada de lo que el cerebro teme está sucediendo, pero el relato simula la realidad y consigue implicar al padeciente haciéndole creer que está pasando algo que no es mas que miedo a que pudiera pasar, aunque sólo sea una posibilidad altamente improbable.

El individuo se traga habitualmente el cuento cerebral y ratifica los temores que lo alimentan. El cuento se convierte en un bulo que crece y crece, convirtiéndose en un sonsonete, una monserga, un disco rayado.

– No tiene usted nada. Es todo normal.

– ¿Entonces?

El cuento del profesional se limita a poner un título más o menos técnico al cuento del padeciente.

– Su historia, su cuento se titula: migraña, fibromialgia, colon irritable…

– ¿Cómo acaba?

– No lo sabemos. Es una historia misteriosa, extraña, alejada de la realidad. Le doy unos calmantes para que le afecte menos. Tendrá que acostumbrase a vivir en esa historia que me ha contado. No puedo hacer nada por cambiarla.

¿Hay alguna posibilidad de modificar el relato imaginario cerebral?

¿Podemos conseguir que ese relato se centre en hechos reales y deje de mortificarnos con sus historias imaginarias?

En mi opinión, sí.

Para ello, una vez comprobado que el relato no se corresponde con la realidad, debemos:

1) explicar al padeciente que el dolor es un relato cerebral

2) que, en su caso, el relato es imaginario y puede y debe modificarse desde la convicción de que es así.

¿Cómo?

Contactando con el mundo real desde un organismo real.

– ¿Me está diciendo que sólo tengo cuento, que todo está en mi imaginación, que no me duele?

– En absoluto. El relato es real pero no los hechos imaginados en los que su cerebro se basa.

Vivimos en una red de cuentos propios y ajenos. Cuentos de legos y de expertos, con chivos expiatorios, con buenos y malos.

Todos intentan que vivamos su cuento, que seamos personajes de su relato, con el papel necesario para que ese relato ajeno vaya bien, aun a costa del propio.

El cerebro contiene infinitos cuentos posibles, propios y ajenos. Compiten entre ellos por publicar en la conciencia, el espacio editorial común.

El que gana se queda  con todo

Es una ley cerebral. Sólo un relato vencedor.

 

 

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La panacea de los genes y desencadenantes. Sin noticias del cerebro

Ayer tuve noticia de la presentación en Madrid de una nueva guía editada por la Asociación de divulgación de fibromialgia (adfm).

Antes de ayer me leí la publicación de otra guía, en este caso en Barcelona, sobre la migranya: Consens catalá sobre l´atenció al pacient amb migranya

Ninguna de las dos aporta algo novedoso. Más de lo ya sabido.

El ser de la migranya se atribuye sin pestañear a la genética; con menor contundencia, la genética se abre paso en el ser de la fibromialgia.

En ambas guías se responsabiliza también a los desencadenantes. En ninguna de ellas existe la más mínima referencia al aprendizaje, a la cultura.

Ambas guías inciden en el error básico (“cartesiano”) de considerar que el dolor se origina en los tejidos.

La guía catalana carga la responsabilidad del fiasco migrañoso en lo poco que se consulta a los neurólogos y la automedicación. No hay referencia a la elevada incidencia de migraña en neurólogos, un dato epidemiológico que debiera generar un estudio para detectar los genes y desencadenantes implicados en este castigado colectivo.

La guía de la fibromialgia es vasca y se presentó en sociedad en Madrid, de la mano de Anne Igarteburu y Eli Pinedo. Aun cuando se sostiene la tesis de que la fibromialgia surge de la patología de la producción de neurotransmisores, en el colectivo que asesora la asociación no hay neurólogos ni psiquiatras pero sí psicólogos y reumatólogos.

En ambas guías se promueve el consumo de fármacos anticonvulsivantes y antidepresivos como prevención. Paracetamol para el control del dolor de la fibromialgia y triptanes para la migraña si el ibuprofeno no resulta. No acabo de entender la recomendación de un antinflamatorio en la migraña y su evitación en la fibromialgia. En ninguno de los dos padecimientos existe inflamación.

Por supuesto: vida saludable. Higiene alimentaria, poco estrés, higiene del sueño, ejercicio.

Tanto la migraña como la fibromialgia son de origen desconocido y no disponen de tratamiento curativo. Sólo alivio del sufrimiento. Ayuda psicológica para quien catastrofice en demasía y se empeñe en no aceptar la condición.

Es evidente que las propuestas de este blog van contracorriente, en dirección contraria a las de los colectivos de profesionales y padecientes.

Desde mis convicciones defiendo la hipótesis del origen cerebral, evaluativo, aprendido, de los síndromes de sensibilización central, de los que la migraña y la fibromialgia forman parte. Al menos habría que considerar el aprendizaje como un factor pertinente, plausible.

¿El cerebro nace o se hace?

Para los autores de ambas guías, nace… defectuoso: hiperexcitable, casi epiléptico, en la migraña y deficitario en la fibromialgia: no produce la cantidad adecuada de neurotransmisores.

El cerebro es hipersensible a los desencadenantes migrañosos y vulnerable frente a todo tipo de contrariedades (físicas, psicoemocionales o ambientales) en la fibromialgia.

La migraña es cosa de neurólogos y la fibromialgia, no, al parecer.

Se sabe, a ciencia cierta, que el cerebro migrañoso no consigue habituar estímulos inofensivos, triviales. Tiene una tendencia a atribuir relevancia a todo, mientras no se demuestre lo contrario. Todo puede contener información. Todo puede tener consecuencias. Lo sensato sería entrenar ese cerebro a la tolerancia de lo trivial e inofensivo. La guía catalana promueve justo lo contrario: la sensibilización, la evitación, la intolerancia.

No existe la función evaluativa cerebral. Los problemas vienen del genoma, de los reveses vitales y los estilos insanos.

Sostiene Ramachandran que el dolor es una opinión cerebral.

Comentaba Cajal que uno puede ser escultor de su propio cerebro si se lo propone.

Dice la Neurociencia que la conectividad neuronal es plástica, como lo es el resto de la biología. Todo bicho viviente, toda célula, tiene bioplasticidad: memoriza y aprende.

Las dinámicas biológicas de un organismo pluricelular complejo como el humano están al parecer determinadas desde el nacimiento a poco que uno se descuide.

Es evidente que el sistema neuroinmune de defensa está suponiendo una carga insoportable y peligrosa para muchos ciudadanos.

No hay mucha investigación sobre inteligencia (potencial) inmune. No hay ninguna sobre inteligencia neuronal (también potencial).

La cultura sigue libre difundiendo guías sin un prospecto que alerte de sus efectos secundarios.

Dos nuevas guías.

Sin noticias del cerebro. Sólo genes y desencadenantes.

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Complicada honestidad. ¡Zorionak, Maite!

Hoy cumple años mi hija Maite. Todavía pocos. Puede que ya demasiados.

Maite es fisio, como su marido, Asier.

Una vez obtenida la titulación, invirtieron la pasta y su tiempo en cursos de postgrado a la vez que trabajaban para engordar cuentas ajenas. Drenaje linfático, osteopatía, inducción miofascial…

No habíamos hablado nunca de dolor hasta una sobremesa, hará ya unos cuantos años.

– El dolor no surge de los tejidos sino del cerebro…

– ¡Aitá!. ¿Quieres decir que tenemos que olvidar todo lo que hemos estudiado?

Ese día les compliqué la vida. Lo que ellos creían Norte era para mí el Sur. Hablamos más veces. Lo del Norte y el Sur es relativo. Los alaveses son del Sur para el resto de los vascos…

Sólo debiera haber un modo de afrontar la incertidumbre: adquiriendo conocimiento y aplicándolo con honestidad… sin perder de vista el Norte del paciente (puede que sea también el Sur).

Creo, desde el sesgo de la paternidad, que Maite y Asier, aceptaron que el conocimiento y la honestidad les complicara la vida profesional.

Pensando en ellos y en todos esos fisios chiflados que no pueden desprenderse de la pasión por conocer y ser honestos escribí en 2011 la entrada que hoy reedito: Complicada honestidad.

¡Zorionak! Maite. Felicidades.

Disfruta de la tranquila y profunda emoción de la coherencia.

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Complicada honestidad

Los pacientes que acuden al fisioterapeuta tienen unas determinadas expectativas. Existe un estereotipo bien definido sobre lo que habitualmente se espera que haga un fisio para aliviar el dolor: una vez recogido un mínimo de datos (dónde, cuándo, cuánto y por qué duele) y los informes diagnósticos y pronósticos profesionales previos, el paciente espera que se ponga cuanto antes “manos a la obra” y comience a palpar, masajear, mover la zona dolorosa para localizar “el mal” y disolverlo con sus manos…

Post data: tal como sucedió en 2011, puede que la entrada se interprete erróneamente (según mi parecer) como un ataque a otros modos de hacer Fisioterapia. Para quienes hagan esa lectura les aconsejo que lean los comentarios que siguieron a la entrada, allá por 2011.

 

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Buenos días, Mr. Brain

Ana Mª Reyes es una padeciente de migraña. No le conozco personalmente. Sólo a través de un correo en el que me relataba su lucha contra el despropósito cerebral migrañoso. Me pareció que su testimonio era muy valioso y le pedí que lo escribiera como una entrada para el blog.

Recibo muchos correos de padecientes. Hay de todo: correos desesperados, esperanzados; correos de triunfadores y perdedores. Tras el conocimiento de la propuesta defendida en el blog y en mi libro, cada padeciente emprende el camino del “desenmigrañamiento” (Sol del Val). Es un camino privado, individual, que cada uno debe explorar. El camino a veces es fácil, sorprendentemente eficaz, “milagroso”. Otras veces es más incierto y complicado. A veces uno no encuentra ese camino.

El relato de Ana Mª es el de una luchadora asistida y fortalecida en razones, en conocimiento. A pesar de que el dolor sigue estando ahí, lo vive como una victoria pues ha conseguido evitar el consumo adictivo de “calmantes” y mantener la actividad cotidiana. Ya el cerebro no impone la conducta. Ana Mª decide aunque eso le cueste la activación de los programas migrañosos y la extorsión del sistema de recompensa que exige con el apremio del dolor la conducta de evitación: calmantes, vómitos y aislamiento social.

Ana Mª relata su pelea por la liberación de una cultura alarmista que ha colonizado los circuitos cerebrales defensivos.

Aprecio su coraje y agradezco el testimonio que, estoy seguro, servirá de referencia a los padecientes que decidan acometer desde la racionalidad y el orgullo la lucha por la recuperación de la libertad para llevar una vida normal, la recuperación de la dignidad.

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Ana Mª Reyes

Buenos días, Mr. Brain

 

Ayer vino a visitarme de nuevo. Llegó como siempre, mientras dormía. Me levanté con el dolor y desayunamos juntos, mientras yo dialogaba en silencio con mi cerebro un día más: «mi cabeza no corre ningún peligro, retira las alarmas, retira el dolor». Nos conocemos tan bien la migraña y yo que, aun estando medio dormida, ya noté que hoy no sería fácil convencer a Mr. Brain (así llamo a mi cerebro) y me iría al trabajo con ella a cuestas.

Bueno, después de todo hacía ya un par de semanas del último ataque fuerte; me sentía descansada y con ánimo para salir victoriosa de nuevo. No en vano llevaba ya 54 días sin tomar un solo triptán ni calmante alguno para distraer un dolor tan insoportable como absurdo.

¡54 días! Sólo quienes conviven con la migraña crónica pueden imaginarse lo que esto significa.

Puede parecer algo obsesivo llevar la cuenta exacta de los «días sin medicarse para aliviar el dolor de cabeza». En mi caso es la baza que me ha permitido ganar la batalla a la migraña, día a día, desde aquel 3 de enero de 2015 en que descubrí en internet la obra del Dr. Goicoechea, «Migraña una pesadilla cerebral», el libro que me ha devuelto la vida.

Lo leí en dos días y se hizo el milagro. En esas páginas encontré lo que había estado buscando durante más de treinta años y, como buena alumna que he sido siempre, lo comprendí todo.

La narración me llegó a lo más hondo. Fue como oír mi propia historia vital. Me daba hasta miedo continuar el libro… no sé cómo explicarme… temía que se estropeara la “magia” que estaba llegando a mi triste existencia. Ese 3 de enero fue el día de mi último triptán hasta hoy.

Al día siguiente acabé de leer la obra y, a pesar de tener una cefalea taladrante (como de costumbre), o quizás gracias a ello, tomé la determinación: aprendería a no tener migrañas. Yes, I can! -me dije. Y consumé la lectura por completo.

Debo confesar que no ha sido nada fácil. De entrada, aquella primera determinación me costó 48 horas de dolor agudo en cama y en ayunas por las náuseas. Pero no cedí. ¡Y sobreviví! Me aferré a la fe que habían sembrado en mí las explicaciones del Dr. Goicoechea y comencé un diálogo con mi recién descubierto “temeroso cerebro” que no ha cesado hasta hoy.

Desde entonces todas las crisis de migraña han sido superadas con sus enseñanzas. A pesar de levantarme cada día con dolor de cabeza, ni un solo calmante, ni un solo día en cama por el dolor.

De hecho, aún me parece un sueño despertar con el dolor intenso que tan bien conozco y ver cómo se disuelve dialogando con mi cerebro. También me parece increíble poder, con tal dolor de cabeza, ir a mi trabajo, conducir, cocinar… ¡vivir! y, cuando parece que me voy a desmayar de dolor (no sería la primera vez), sentir que cede un poco, como si me dejara tomar aliento… Han sido algunas las ocasiones en las que, tras unas 30 horas de dolor y conversación con mi cerebro, he vivido cómo la crisis se desvanece sin más, quedando sólo aquel picor en el cuero cabelludo o algunos pitidos en el oído que me avisan de la retirada de «las alarmas».

Le he perdido el miedo a la migraña. Por eso no me avergüenza reconocer que en días como el de ayer tengo que poner gran empeño para mantener controlado a mi cerebro y torear la situación sin derrumbarme: conseguí terminar mi jornada laboral a base de distraer las náuseas con sorbitos de agua y soportar estoicamente un dolor que me cerraba los ojos que querían salirse de sus órbitas, mientras me aplastaba el cráneo con saña y alevosía. Mr. Brain se puso tozudo y finalmente, al llegar a casa, tuve que claudicar y meterme en la cama por no saltar por la ventana para escapar de un dolor tan agudo, aquél que no te permite ni dormir ni hallar confort alguno en absolutamente nada. Me salté la cena però conseguí mi objetivo: ni un triptán, ni una pastilla.

He dormido regular. Esta mañana, con el dolor mucho más suave, le digo a Mr. Brain  que, por mucho que insista a base de dolor, no le voy a dar más lo que ha ido recibiendo durante 31 años al primer sítoma: medicamento, oscuridad, silencio, reposo y aislamiento, además de tristeza y desesperación. O sea, apearse de la vida.

Hoy, 55º día sin «meds», me he decidido a escribir estas líneas. Por una parte le demuestro a mi cerebro que el dolor ya no me impide pensar ni escribir y le sigo insistiendo en que es una falsa alarma y puede retirarlo. Se resiste, pero ya lo estoy consiguiendo, el dolor va cediendo.

Por otro lado, me hace feliz pensar que compartir mi vivencia pueda servir de ayuda a aquellas personas que convivís con la migraña. Además de daros esperanzas y hacer que os sintáis menos solos, quisiera animaros a poner vuestro empeño en conseguirlo: igual que el cerebro aprende a tener migrañas, puede desaprenderlo.

Finalmente, quería expresar públicamente mi agradecimiento al Dr. Goicoechea por su trabajo e insistirle en que su pedagogía merece ser conocida por tantísimas personas que sufren migrañas.

En mi caso (sin entrar en los detalles) han sido 31 años como “migrañosa crónica” (desde los 18) y “peregrinación médica” (tradicional y alternativa), hasta el punto en que la desesperación me había llevado a plantearme abandonar mi absurda vida (y a sentirme culpable también por ello).

Ahora gracias a la obra del Dr. Goicoechea he descubierto la importancia de la transmisión cultural en la herencia y cronificación de la migraña y las estrategias para superarla. Me ilusiona pensar que estas líneas supongan mi granito de arena para apoyar esta pedagogía, que me está permitiendo superar la migraña mediante el empoderamiento cerebral.

Ana M. Reyes

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Algunos psicólogos…

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Sol del Val. Psicóloga

Hace más de 20 años que ejerzo la psicología y otros tantos desde la primera vez que experimenté  lo que significaba tener una migraña (ser migrañosa, que hubiera dicho antes).

Algunos expertos opinarían que el noble oficio que practico pudiera ser un desencadenante de las crisis y, de hecho, en algún momento estuvo en algún lugar de mi larga lista de sus causas.

Se ha hecho referencia en múltiples ocasiones a lo largo de la vida de este blog al término “psicológico” en relación al dolor crónico sin daño relevante y creo, sin duda, que el término ha sido utilizado en ocasiones por  detractores y defensores y por todos los colectivos de profesionales implicados en la cuestión que nos ocupa otorgándole significados que no le hacen mucho honor.

El título de esta entrada pretende servir de invitación a los lectores a conocer qué papel juega exactamente en todo esto un profesional de la psicología y cómo trabajamos los psicólogos.

Quiero aclarar que mi exposición no pretende representar a todo mi colectivo ni siquiera a parte del mismo. Es la descripción de un trabajo que se asienta sobre todo lo descrito en este blog acerca del dolor crónico sin daño y del papel que juega el cerebro en la construcción de la percepción de  habitar un cuerpo que no es de fiar.

Los psicólogos trabajamos de forma habitual (yo diría que cada vez con mayor frecuencia, aunque es sólo una impresión sin datos contrastados) con personas que, en ausencia de daño cuando todas las pruebas dicen que están sanos, padecen dolores insoportables que hacen de su vida algo difícil de manejar y de disfrutar. Los padecientes de dolor crónico sufren y su sufrimiento tiene que ver con una amenaza cuyos componentes son la incapacidad, el miedo al dolor, la falta de control, el aislamiento, la incomprensión….. y la percepción de no tener recursos disponibles para afrontarla o haberlos agotado.

La amenaza va ligada a pensamientos y emociones que la acrecientan a medida que los recursos se van agotando y que dejan al individuo en una situación de clara indefensión y sin posibilidad de escapatoria.

Con daño y sin daño hay sufrimiento, con él o sin él hay percepción de enfermedad.

El abordaje que se plantea tradicionalmente desde la psicología en ambos casos es el mismo porque la terapia parte del hecho de estar enfermo, de residir en un cuerpo limitado por una dolencia que siempre ha comenzado con algún tipo de daño que no tiene por qué ser físico y que se ha cronificado y es desde esta base que se comienza a trabajar. El planteamiento clásico de la psicología ha sido y es la aceptación de la enfermedad, del dolor como primer paso para iniciar cualquier trabajo terapéutico, de entender que es algo con lo que hay que aprender a vivir teniendo un mayor y mejor afrontamiento, aceptando las limitaciones que supone y adoptando hábitos saludables. El cerebro no se contempla como constructor del dolor.

Algunos psicólogos trabajamos en otro sentido, partiendo de las siguientes premisas:

  1. El dolor es real, no es imaginado, inventado o “psicológico” (que parece utilizarse como sinónimo de imaginado).
  2. El dolor, en ausencia de daño, es un producto cerebral, fruto de un cerebro en alerta, alimentado por la cultura, la información de los expertos, la propia experiencia y la contemplación del dolor de otros y el entorno en el que hemos crecido entre otros factores.
  3. El individuo contenedor de ese cerebro es también un individuo siempre en alerta, que busca desesperadamente información que le provea de control sobre lo que está por venir que en ningún caso es bueno. Es un individuo temeroso, que tiende a la auto observación de si mismo y del dolor de otros buscando protegerse de posibles catástrofes.
  4. Las sensaciones, emociones, pensamientos y conductas que manifiesta están en todo o en parte en relación a su padecimiento, las lleva a todas partes, las hace protagonistas en cada uno de sus planes y controlan y dirigen su vida. Ocupan gran parte de su espacio mental y vital.
  5. Las personas llegan a nuestras consultas cuando la medicina les ha desahuciado (lo suyo es psicológico) y su objetivo es  encontrar la causa que provoca su dolor que seguro debe ser responsabilidad suya.

Algunos psicólogos trabajamos desde otro punto de partida bien distinto: el cerebro ha creado una “megacreencia” que dirige la vida del padeciente, el cuerpo está enfermo, no funciona bien, no es de fiar, no es como el de los demás, tiene una tara, necesita hiperprotegerse, el individuo ha de estar en alerta, no se debe exponer, ha de construir sus planes de huida, hay que buscar salidas, evitar, evitar, evitar….

Algunos psicólogos trabajamos desmontando esa megacreencia, hablamos de cerebro, de neuronas, de construcción del dolor, de dolor sin daño, de cómo el individuo ha llegado hasta donde está. Una vez aprendida la base teórica trabajamos las emociones, las conductas y los pensamientos, sobre todo los pensamientos que irrumpen de manera súbita, inesperada e involuntaria y a los que es necesario poner freno, los que llevan al individuo en ocasiones al abismo de la desesperación.

¿Utilizamos las mismas o parecidas herramientas que otros psicólogos? SI,  pero la base de la que partimos es diametralmente opuesta.

¿Hay soluciones mágicas, naturales, sobrenaturales, paranaturales, occidentales, orientales……? NO

¿Hay trabajo por hacer? SI

¿Hay ocasiones en las que se trabaja desde este paradigma y el cerebro no entra en razón aunque el individuo entienda  y ponga todo su empeño ? SI

¿Hay muchas otras  en las que el cerebro entra en razón ? SI

¿Todos los padecientes necesitan un psicólogo para encontrar el camino? NO, menos aún si el punto de partida es la certeza de enfermedad.

Y para terminar hay muchos caminos que nos pueden llevar al mismo lugar, uno para cada individuo. Aprender, entender y arriesgarse son las claves, el cerebro tiene la última palabra.

¿ Quién sabe qué..? que dirían algunas.

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Maldito cerebro

El dolor es una percepción aversiva que protege aquellos tejidos lesionados que deben ser protegidos en el proceso de reparación o que penaliza la actividad del individuo en contextos de enfermedad, con el objetivo de reducir el consumo improductivo de energía.

No siempre es así. Es más frecuente que el dolor no sea mas que la expresión de una valoración de amenaza errónea por parte del cerebro. El individuo consciente puede compartir o no esa valoración errónea.

El objetivo ante el dolor innecesario e improductivo es el de modificar la evaluación errónea cerebral que lo genera.

¿Cómo?

No lo sé.

Teóricamente:

1) cambiando el paradigma: el dolor no informa del estado de los tejidos sino de cómo se evalúa la amenaza por parte del cerebro, a veces de modo erróneo.

2) desde la convicción de falta de peligro, promover la actividad libre y confiada.

3) centrando los recursos atencionales en la actividad programada.

4) desatendiendo el dolor y el objetivo de minimizarlo a costa de la pérdida de actividad.

5) primando la estrategia a medio y largo plazo sobre el resultado inmediato.

El proceso evaluativo cerebral integra muchos factores que interactúan de modo complejo y básicamente inconsciente a lo largo de la vida. No podemos modificar esos factores a nuestro antojo. Nos limitamos a crear condiciones de cambio en lo que conocemos y lo que decidimos hacer.

El objetivo de la Pedagogía es el de facilitar el conocimiento de los factores que integran la percepción dolorosa para que el padeciente decida desde un marco distinto al que la cultura oficial sugiere.

Muchas veces el cerebro modifica sus evaluaciones. Hay menos dolor, menos invalidez y menos consumo adictivo de terapias.

Otras veces nada cambia. No basta estar convencido y tratar de recuperar la actividad perdida. Todo sigue igual.

En ocasiones hay un cambio inicial, a veces brillante, pero el cerebro vuelve a las andadas, recupera evaluaciones pasadas y reorganiza el error.

Teóricamente no hay problema: si el cerebro reorganiza el miedo al daño y atribuye al dolor la validación de ese miedo (sesgo de confirmación) el individuo debe reaccionar con las armas del conocimiento y la conducta, reforzadas por el éxito pasado.

A veces es así. Todo vuelve a su cauce.

Otras veces el dolor gana la batalla e impone su ley. Los padecientes recuperan los fármacos y la inactividad con sentimientos de culpa por haber cedido a la presión de un dolor despiadado.

No es una situación fácil y no dispongo de recetas específicas. No hay plan B. Cada padeciente deberá explorar el modo de salir del círculo kafkiano del dolor sin daño, desde las mismas convicciones y determinación que le fueron útiles al comienzo.

Puede que la recaída resulte más complicada. No hay nada nuevo que conocer ni conducta que modificar. El padeciente hace lo “correcto” pero el dolor impone su ley.

En mi caso, con la reaparición del lumbago, me apliqué la receta: convicción de no daño, no modificar la actividad, no perder la calma. Resistir, persistir.

Sé que algunas amigas del blog lo están pasando mal con crisis renovadas de migraña.

Sólo puedo darles ánimo.

!Maldito cerebro¡

!Maldita la cultura que lo conectó¡

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La debilidad de la mente

La mente, es decir el cerebro, gestiona junto con el sistema inmune los recursos defensivos del organismo. Activa y desactiva programas cuyo objetivo es minimizar la incertidumbre de daño.

La mente no nace. Se hace. No es inteligente per se sino en función de la calidad del proceso de aprendizaje que irremediablemente acometerá desde el nacimiento hasta la muerte.

La mente es débil: ignorante, incauta, influenciable, temerosa, desconfiada.

La mente está socializada. Su conectividad está poderosamente influida por la imitación y los dictados de instructores expertos.

Dicen que la mente tiene poderes que no aprovechamos.

Podríamos curar enfermedades si fuéramos capaces de activar el poder curativo oculto.

Podríamos curar la migraña, la fibromialgia, el colon irritable, el síndrome de fatiga crónica, la lumbalgia crónica…

– ¿También el cáncer, la tuberculosis, la anemia perniciosa, el hipotiroidismo..?

– No. Son enfermedades. La mente no puede curar enfermedades. Se limita a gestionar recursos defensivos: a activarlos y desactivarlos.

– He leído que con el efecto placebo se pueden curar enfermedades. Podemos engañar al cerebro haciéndole creer que hemos dado un tratamiento para una enfermedad sin dar nada y el cerebro, la mente, con sus poderes dormidos y ocultos, puede curarla.

– No es cierto. El efecto placebo no modifica la enfermedad sino el modo como el cerebro la gestiona. Podemos engañar al cerebro de un paciente con dolor intenso por infarto de miocardio agudo. El cerebro modifica su estado de alerta tras la administración de un placebo (suero salino); el dolor amaina, el paciente se siente mejor… pero el infarto sigue igual.

El efecto placebo no desvela el poder de la mente sino su debilidad: su dependencia de las expectativas y creencias.

El cerebro, la mente, puede equivocarse. La cuota de error puede aumentar si su escolarización al calor de la cultura (imitación e instrucción) potencia ese error.

Los neurólogos constituyen el colectivo humano con mayor incidencia de migraña. Tienen una mente teóricamente poderosa pues disponen de la mejor información para controlarla pero sucede justo lo contrario: su mente les hace vulnerables.

La mente no es mas que un conjunto de expectativas y creencias. Ahí reside su poder. Lo que cree y espera guía la gestión de los programas.

Los neurólogos creen que la migraña es una enfermedad cerebral genética, misteriosa e irreversible. Retroalimentan con su convicción la activación de los programas de dolor, intolerancia sensorial y digestiva que definen una crisis migrañosa. La migraña no es una enfermedad sino un despropósito de la mente.

La mente migrañosa mete en el mismo saco lo relevante y lo irrelevante, lo patógeno y lo inofensivo, y activa los mismos programas cuando el padeciente se ha “extralimitado” con un poco de vino que cuando un meningococo ha burlado las barreras defensivas y ha colonizado las meninges.

La debilidad de la mente es necesaria para la socialización del individuo, para su pertenencia a cualquiera de los múltiples rebaños ofrecidos por la cultura.

La debilidad mental nos obliga a adquirir conocimiento, aprender, pero nos hace dependientes de lo que damos por conocimiento válido: de lo que se cree se cría.

La debilidad mental hace que padezcamos programas defensivos en ausencia de daño y que esos programas innecesariamente activados se apaguen con un fármaco, unas agujas, unas bolitas homeopáticas o con hierbas.

La alostasis es la propiedad biológica que permite a un organismo gestionar recursos extra frente a situaciones de estrés, físico o psicológico.

La migraña, la fibromialgia, el colon irritable… son estados alostáticos en los que se despilfarran recursos sin justificación.

La carne es débil. También la mente. La tentación de activar recursos defensivos desde el miedo al daño es poderosa.

Cuide su cuerpo. Cuide su mente. Cuide la información.

Cuide su información. Las ideas son liposolubles y se fijan a la grasilla cerebral haciéndose con el mando

Corpus sanum in mente sana.

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