Marcadores biológicos

– Necesitamos marcadores biológicos

Hay padecimientos terribles que carecen de las evidencias exigidas por muchos profesionales pasa ser catalogados como enfermedad y legitimar así la provisión de los oportunos recursos.

Los marcadores biológicos demuestran que los pacientes tienen motivos para quejarse. Su organismo no es normal. El marcador elimina el estigma.

Cuando no se dispone de marcadores biológicos, se cuelan, por defecto, los marcadores psicológicos.

– Es todo normal. Le envío al psicólogo

Basta la normalidad de análisis y radiografías para marcar y enmarcar el problema dentro de la disfunción psicológica. Nervios: ansiedad, depresión, catastrofismo.

En mi opinión existen o debieran existir los marcadores evaluativos: aquellos que ponen en evidencia los errores del sistema neuroinmune:

– Tiene usted una miastenia gravis. Su sistema inmune fabrica anticuerpos contra los receptores de acetilcolina. Los considera peligrosos y los bloquea. Eso impide que sus músculos puedan contraerse. Es una decisión absurda, errónea, que puede costarle la vida. No podemos hacer nada para cambiar la valoración de su sistema inmune. Nos limitamos a sabotear sus decisiones con corticoides e inmunosupresores.

Para muchos los autoanticuerpos de receptor de acetilcolina serían marcadores biológicos. Nadie plantearía el origen psicológico pero podrían ser considerados como marcadores biológicos del error evaluativo: desvelan la chapuza de la decisión del sistema neuroinmune.

Las chapuzas evaluativas del sistema inmune no se imputan al individuo. Un sistema inmune equivocado es un sistema enfermo. El individuo es una víctima, un enfermo, con su etiqueta diagnóstica, su tratamiento y su reconocimiento social.

No sucede los mismo con las chapuzas evaluativas neuronales.

– Me encuentro fatal. No puedo con mi alma. Mejor morirme…

– Su sistema neuroinmune ha activado el programa “respuesta de enfermedad” aun cuando no exista tal enfermedad. Los marcadores biológicos de enfermedad son normales.

Muchos pacientes no aceptan que no exista ninguna enfermedad sintiéndose tan enfermos. Puede que padezcan una enfermedad misteriosa, desconocida. Quizás en el futuro se encuentren los marcadores de enfermedad. Ha sucedido esto con muchas enfermedades en el pasado. Lo que se daba como psicológico acabó siendo biológico.

Se necesitan marcadores biológicos.

Muchos afirman que ya existen esos marcadores biológicos y que debe certificarse el padecimiento como enfermedad.

Hay evidencia abrumadora de que el organismo en esos casos es diferente del de los sanos. La sustancia P, el glutamato, la resonancia magnética funcional, los microRNAs y un sinfín de parámetros. Quizás sutiles, no tan contundentes como los autoanticuerpos de las enfermedades autoinmunes pero son marcadores de una biología mortificadora e invalidante.

La residencia en un organismo instalado en el estado de alerta defensiva, como si hubiera enfermedad aun cuando no la haya, es insufrible, al igual que sucede con los equivalentes autoinmunes.

Sin embargo los marcadores biológicos de la fibromialgia y otros estados afines no se consideran suficientes como para conceder de forma inapelable el reconocimiento profesional y social debido. El marcador psicológico aparece y con él el estigma.

Creo que todo sería más fácil si los marcadores biológicos fueran considerados también como marcadores evaluativos.

– Usted es una persona razonablemente normal. Reside en un organismo razonablemente normal pero su sistema neuroinmune actúa como si el organismo estuviera amenazado, sin motivo y eso lo convierte, a efectos prácticos, en un organismo enfermo.

– ¿No podríamos hacer nada para convencer a ese sistema neuroinmune de su error?

– Podemos intentarlo pero necesitamos su colaboración: usted forma parte de ese sistema. No puede gestionarlo a su voluntad pero lo que usted conozca y crea influirá en las decisiones que vaya tomando. Usted es un “neuromodulador”.

– No me convence.

Muchos pacientes rechazan el planteamiento evaluativo y la posibilidad de una participación activa en el ámbito de las decisiones neuroinmunes. La evidencia de sentirse enfermos genera la convicción de enfermedad y la referencia al error evaluativo genera la sospecha de que en el fondo se responsabiliza al paciente de lo que le sucede, es decir, la vieja monserga de lo psicológico.

Muchos pacientes se niegan la posibilidad de intervenir en la neuromodulación a través de la pedagogía biológica y prefieren la convicción de enfermedad clásica y la neuromodulación farmacológica, complementada con el apoyo musculoesquelético y psicológico.

La disfunción evaluativa es tan biológica como la disfunción degenerativa, traumática, infecciosa, carencial, tóxica o cancerosa.

Afortunadamente la función evaluativa es una función abierta. Lamentablemente la actitud de muchos pacientes es cerrada.

Es comprensible pero descorazonador.

 

 

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Migraña. El turno del CGRP

Sostienen los neurólogos que la migraña es una enfermedad genética que genera episodios de dolor de cabeza e intolerancia digestiva y sensorial a través de la “activación” de las terminales meningovasculares del trigémino. Las meninges y los grandes vasos de la cabeza están vigilados y defendidos por el nervio trigémino y sus terminales disponen de receptores (sensores) de daño consumado o inminente dispuestos a dar la voz de alarma cuando un agente físico, químico o biológico nocivo es detectado.

En la migraña no hay ningún agente nocivo rondando las meninges ni los vasos pero las terminales vigilantes del trigémino, por mecanismos no aclarados pero que contienen la explicacion en la genética migrañosa, se activan espontáneamente o por efecto de unos supuestos y variopintos desencadenantes. La activación del trigémino se concreta en la liberación de una molécula sensibilizante, el CGRP (calcitonin gene-related peptide), La migraña está servida. El CGRP vuelve los sensores más sensibles y abre el tráfico de las señales del trigémino por las estaciones de procesamiento. Las “señales de dolor” encienden todas las áreas centrales del dolor armando un bucle autoalimentado (pescadilla que se muerde la cola).

En la crisis de migraña se detecta un aumento de CGRP. La administración de CGRP en pacientes desencadena una crisis y, lógicamente, la administración de un fármaco que bloquee la liberación o el efecto del CGRP podría evitar o minimizar la crisis.

Dicho y hecho.

Se dispone ya de fármacos que bloquean los receptores del CGRP y también de anticuerpos específicos (monoclonales). Se impide la generación de señal sensible de dolor y su tráfico y así el cerebro no sabe que algo está doliendo allá por las meninges y sus vasos.

Evidentemente la expectativa de tratamiento, el placebo, también genera alivio, aunque en menor medida.

El CGRP es un mediador de las respuestas de sensibilización de los nociceptores (neuronas vigilantes de nocividad). Cuando algo nocivo sucede, los nociceptores liberan CGRP y otras moléculas sensibilizantes y la zona afectada se vuelve sensible: cualquier estímulo genera señal y, previsiblemente, dolor.

La red neuronal defensiva es un sistema predictivo capacitado para activar, sensibilizar, cuando evalúa amenaza. Los sucesos nocivos sensibilizan a través del CGRP pero también las expectativas de amenaza sensibilizan y liberan CGRP. Un calmante es eficaz en la medida que neutraliza la evaluación de amenaza y lo mismo vale un fármaco que el placebo. Si el fármaco reduce la acción del CGRP o cualquier otro mediador de la respuesta de sensibilización es más probable que, junto a la expectativa, facilite la desactivacion del estado de alerta ya que llegará al cerebro menos señal de los nociceptores.

El sistema neuroinmune es un sistema que aprende a base de experiencia con errores incluídos. No siempre corrige los errores.

Están los neurólogos empeñados en no ver nada más allá de la Química. No consideran que exista aprendizaje, expectativas ni creencias y menos que estas puedan ser significativas.

Este sábado hemos tenido la revisión del último grupo de migraña. La mejoría ha sido notable, tras el curso intensivo de hace dos meses. No hemos analizado sus niveles de CGRP pero probablemente anden más sensatos.

El CGRP es un efecto y no una causa. Subirá y bajará en función de los sucesos nocivos en los tejidos pero también de la evaluación de amenaza que se dé en las alturas.

El CGRP es un mandao.

 

 

 

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Todo es química

Cualquiera que sea la complejidad de un proceso biológico, puede ser reducido a reacciones químicas. Todo es química: nuestras emociones, pensamientos, sentimientos, percepciones… Absolutamente todo. No hay otra cosa que moléculas organizadas en tiempo y espacio en secuencias complejas.

El dolor también podría ser descrito como algo químico. Los genes son moléculas. La migraña es genética. La migraña es la expresión en la conciencia de una secuencia molecular patológica en la que sobran o faltan algunas de ellas.

Si uno revisa las publicaciones científicas sobre migraña encontrará preferentemente propuestas moleculares. La ciencia trabaja al servicio de las moléculas. Si no hay moléculas no hay ciencia.

Algunos piensan que no sólo hay química sino que esta se complementa con lo inmaterial, con energías psicológicas variadas, con la mente, con otros componentes desconocidos no explicables por el puro intercambio de átomos y moléculas.

Soy de los que creen que todo es química y que debemos pensar en moléculas para dar con las claves de lo que sucede en el organismo.

¿Qué es el agua?

Química: H2O: moléculas constituidas por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.

¿Qué es el dolor?

Química. No conocemos su totalidad pero en ello estamos. Sí conocemos lo suficiente como para disponer de las moléculas “buenas” que neutralizan la química responsable de que nos duela. Por ejemplo las prostaglandinas son moléculas “dolorosas” y las antiprostaglandinas neutralizan su acción doliente.

– Deme un calmante para el dolor de cabeza.

¿Duele? Me tomo el calmante; a la media hora hace su efecto y el dolor se va. Química.

Dicen los neurólogos que los triptanes contienen la química específica para neutralizar la química doliente de la migraña y no otra. Hasta hace poco se creía que la química migrañosa específica era la responsable de generar constricciones y dilataciones violentas exclusivas de las arterias de la cabeza. El dolor “pulsa” luego es de origen arterial. Alguna química (genética) hace que las paredes de las arterias cefálicas se inflamen y dilaten. El estímulo mecánico del latido libera dolor de esas arterias sensibilizadas. Basta aplicar la química que controla la dilatación arterial para solucionar el problema. Primero fueron los ergotamínicos y luego llegaron los triptanes, los específicos.

Hoy sabemos que la “pulsación” del dolor surge de la oscilación rítmica de la actividad eléctrica cerebral y que nada tiene que ver con el latido arterial. La teoría vascular ya no la defiende casi nadie. Si la química de los triptanes es eficaz no es porque corrija la vasodilatación.

Algunos pensamos que el dolor migrañoso es la consecuencia de una evaluación y una decisión errónea de la red defensiva neuroinmune.

Una evaluación es también un proceso químico: canales iónicos, glutamato, receptores de glutamato… Las neuronas son entes químicos que generan productos psicológicos como la memoria pero ya sabemos cosillas moleculares de la memoria. Es sólo cuestión de tiempo. Podremos activar y desactivar contenidos de la memoria aplicando campos electromagnéticos sobre zonas específicas y modificar los contenidos perturbadores a través de los cambios químicos que esos campos electromagnéticos inducen.

El cerebro contiene creencias y expectativas. También química.

La pedagogía intenta modificar esas creencias pero sólo dispone del lenguaje. No hay problema. El lenguaje también es química. Sin moléculas no hay lenguaje. La química libera palabras y la química de quien las recibe permite que actúen en el lugar (químico) adecuado.

 Dicen que cada cual tiene su dolor y que ello es así porque cada cual tiene su química peculiar, ya desde los genes. Hasta el efecto placebo viene ya predeterminado desde el genoma. Cada uno tiene su placeboma, además de su genoma, proteinoma, metaboloma, conectoma…

La química genera ideas y las ideas generan cambios químicos.

Teóricamente cada dolor, cada conjunto individual de expectativas y creencias, tendría su química paliativa específica. Dicen que el futuro nos aportará la química personalizada.

– Deme su tarjeta genómica y su perfil cognitivo conductual.

Cada doliente dispondrá de su química correctora exclusiva. Todo irá sobre perlas. Se pondrá fin a la invalidez y al sufrimiento.

De momento, la aportación de las moléculas analgésicas disponibles es más bien modesta. Nunca tanta gente tuvo tanto dolor como en los tiempos que corren.

Puede que la química moderna ande alborotada con el estrés y la toxicidad ambiental y perturbe el ámbito (químico) de la toma de decisiones en el cerebro. Puede que sobre glutamato y escasee la serotonina o el BDNF. Así no hay cerebro que pueda construir una hipótesis mínimamente sensata.

Puede que las ideas tengan vida propia y la química que detectamos no sea sino algo que esas ideas segregan.

De momento, yo me inclino por considerar las creencias y expectativas como entidades complejas que pueden modularse olvidándose uno de la química, no porque no exista sino porque no está a nuestro alcance y debemos limitarnos a lo que nos permite interactuar con nuestro organismo.

La biología es química autoorganizada históricamente. La química, en Biología, está al servicio de la información. Los genes son moléculas pero contienen información.

El dolor es una consecuencia de la información acumulada en el organismo. Parte de esa información es la que los instructores liberamos a través del lenguaje.

Todo es química.

Sí, pero al servicio de la información.

Para muchos es al revés: la información al servicio de la química (fármacos).

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El dolor como emergencia

Los sistemas biológicos son complejos. Están constituidos por múltiples componentes interdependientes, que interaccionan de modo no lineal en una red distribuida, sin jerarquía. Los sistemas complejos no pueden ser abarcados estudiando individualmente sus componentes y generando una secuencia de procesos rígidamente ordenados. El todo siempre es más que la suma de las partes. Dos y dos no son, necesariamente, cuatro.

Los sistemas complejos no pueden ser descritos en una secuencia causal única. Cualquier variación en uno de los componentes puede iniciar un proceso interactivo que dé lugar a un cambio de estado. Admite múltiples caminos para llegar al mismo término.

Los sistemas biológicos no son sólo complejos sino, además, tienen la cualidad de adaptarse, modificar sus respuestas ante los mismos estímulos a lo largo del tiempo.

Los sistemas biológicos aprenden, recuerdan, predicen; son sistemas proactivos, no reactivos. No esperan a que llegue el estímulo para activar una respuesta.

El dolor es una proyección a la conciencia del estado de amenaza del organismo. Emerge del sistema cuando este adopta el estado de alerta y no existen circunstancias que justifiquen su inhibición.

Las etiquetas diagnósticas, las propuestas causales y los remedios, sugeridos por la Medicina, intentan reducir la complejidad del proceso generador del dolor a una secuencia simple, lineal. Una sola variable explica el estado doloroso: un déficit de una enzima, la ingesta de un alimento, un gen, un contratiempo, un cambio meteorológico… bastarían para explicar la aparición del dolor. Una molécula, elevada a la categoría de fármaco, se bastaría para neutralizarlo.

¿Por qué duele?

La respuesta es compleja y no siempre accesible pero siempre será correcto afirmar que si duele es porque el sistema se encuentra en estado de evaluación de amenaza.

¿Qué hay que hacer cuando duele?

Averiguar si existe una condición de amenaza que explique y justifique el dolor. Si no existe esa condición lesional habría que intervenir para ayudar al sistema a no cometer el mismo error de activación innecesaria.

El dolor no es una cosa que pueda ser evaluada y cuantificada como si fuera algo material. Es una propiedad emergente del sistema, influida por múltiples factores biográficos, sensoriales, emocionales y cognitivos que interactúan de modo complejo, cambiante, adaptativo.

Los pacientes y profesionales deben aprender a evaluar la emergencia del dolor como un estado evaluativo del sistema y tratar de actuar para optimizar las decisiones de ese proceso evaluativo. Ese sería el objetivo ideal pero la fuerza de la cualidad dolorosa obliga a veces al padeciente a actuar en la dirección que el propio dolor (el estado evaluativo) exige con un apremio creciente.

– Intenté anular el estado de amenaza pero tuve que tomar el calmante.

No es fácil la deriva en la conceptualización del dolor, ni para los pacientes ni para los profesionales. Preferimos la simplicidad y vemos causalidades allí donde no hay sino correlaciones estadísticas, no siempre objetivas. Somos ilusos.

No es fácil pero cada vez se hace más apremiante la necesidad de abordar el cambio conceptual del dolor y de otros síntomas aversivos.

Es necesario divulgar el ABC de los sistemas complejos aun cuando el intento choque con todas las propuestas de pseudoexplicación y pseudoresolución al uso.

– Todo esto es muy complicado. ¿No podría darme algo para calmar el dolor, un analgésico?

– Sí podría pero quizás no debería. Comprender el dolor como una propiedad emergente de la complejidad del organismo sería lo ideal y, probablemente, a medio y largo plazo, lo mejor para usted.

– Déjelo. No me convence

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“Afordancias”

El psicólogo James J. Gibson introdujo el término “affordance” para señalar las oportunidades de acción que un objeto ofrece a un sujeto. La información sensorial on line y la adquirida por experiencia (propia y ajena) sobre la forma, peso y textura del objeto seleccionan un programa motor que se activa automáticamente para consumar con éxito funcional la interacción con dicho objeto.

La acción seleccionada considera tanto las variables del objeto como las del sujeto que va a interactuar con él. La interacción puede resultar en daño, tanto para el objeto (especialmente delicado o valioso) como para el sujeto (el objeto puede quemar, por ejemplo).

Las acciones cotidianas contienen afordancias inevitables. Al sentarnos frente al ordenador se selecciona un conjunto de programas motores que consideran todas las interacciones posibles, con sus consecuencias.

Inevitablemente la interacción con los objetos está poderosamente influida por lo que creemos y tememos. El sujeto es también un objeto, un organismo, con vértebras, articulaciones, músculos, tendones… y convicciones sobre su estado y las consecuencias que su interacción, por ejemplo, con sillas, puede acarrear.

El dolor surge de la valoración que el sistema hace sobre las consecuencias que conlleva cada una de las interacciones entre el conjunto de objetos que llamamos organismo y los objetos externos.

Las afordancias se aprenden y pueden consolidarse o disolverse, en función de la información vigente.

La convicción de columna dañada, vulnerable, con articulaciones rasposas, nervios pinzados y huesos descalcificados, seleccionará programas motores (afordancias) defensivos, cautelosos, penalizados.

El cerebro es un órgano gestor de recursos que va construyendo (y deconstruyendo) significados y expectativas de la realidad interna y externa y de la interacción entre ambas.

La convicción de patología seleccionará los programas defensivos que permitan minimizar el daño. El dolor es la consecuencia perceptiva de esa selección. Cotidianamente, automáticamente, inconscientemente… cada objeto, cada interacción estará influida por esa convicción. Los objetos, las interacciones, es decir, las afordancias, que definen la actividad del sujeto estarán sesgadas por la convicción de peligrosidad. Las acciones serán dolorosas y disfuncionales y resultarán inadecuadas para la salud de los tejidos a largo plazo.

El aprendizaje es consustancial a la biología.

Las creencias forman parte del aprendizaje. Son objetos biológicos, estados de conectividad neuronal.

Las interacciones del sujeto (objeto) con los objetos también se aprenden.

Afortunadamente los aprendizajes contienen siempre una cuota de error abierta a su corrección, pero…

Es necesario detectar los errores para corregirlos.

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Nuevo curso de migraña

Convocamos un nuevo curso intensivo para pacientes de migraña el 3 de Octubre, en Vitoria. Los interesados pueden informarse en “infoescueladeldolor@gmail.com” o llamando al tfno 696541479.

La migraña es definida oficialmente como una enfermedad genética que afecta a circuitos neuronales no especificados (“generadores de migraña”) creando en ellos un estado anómalo de hiperexcitabilidad que acaba descargándolos periódicamente. Ello se traduce en las terribles crisis migrañosas: un mix torturador que incluye dolor de cabeza intenso, náuseas-vómitos e intolerancia sensorial extrema.

El consejo compartido unánimamente por los neurólogos era el de identificar unos supuestos desencadenantes, responsables de la activación de la tormenta migrañosa y evitarlos. Recientemente, cualificados líderes de opinión consideran que quizás los desencadenantes no sean tan relevantes y que si activan las crisis puede que sea más bien por efecto de creencias y expectativas aprendidas y no por una supuesta propiedad físicoquímica que contiene la “virtud” de encender los también supuestos generadores migrañosos.

Los padecientes migrañosos temen el estrés, los “excesos”, los cambios, las comidas, el dormir irregular y todo aquello que han aprendido a temer, más bien porque así se lo han explicado. La mayoría de ellos se limitan a temer la crisis sin haber tenido la oportunidad de detectar ningún desencadenante.

Los mismos cualificados líderes de opinión sugieren ahora hacer lo contrario de lo que han estado predicando hasta hace unos meses: en vez de evitar los desencadenantes, tratar de habituarse a ellos, a través de la exposición gradual y confiada: nada nocivo va a suceder y uno debe quitarles el miedo. Es lo que los psicólogos recomiendan para neutralizar las conductas fóbicas, es decir, aquellas que se apoyan en un miedo irracional.

Dicen los neurólogos que el padeciente migrañoso debe aceptar su condición de enfermo y que nada podrá hacer para evitar la actividad de sus generadores de migraña, salvo mantenerlos adormecidos con una vida reglada y unos fármacos supuestamente “moduladores”, que aportan la virtud de sosegar esos circuitos fácilmente excitables.

No conceden mucha importancia al aprendizaje. Para ser sinceros, ninguna. Los circuitos neuronales humanos parece que vienen ya de fábrica determinados. Un 15% de la población crea, por obra de la genética aberrante migrañosa, el generador: una especie de foco “epiléptico” que descarga con el resultado de la crisis. No hay ninguna evidencia de esa descarga, ningún registro eléctrico, electroencefalográfico, que objetive esa supuesta actividad aberrante.

Para nosotros, el cerebro es un órgano pendiente de escolarización. Nace ávido de toquetear el mundo para extraer sus significados. Los instintos son predisposiciones a aprender. El instinto de aprendizaje es poderoso y nos condena a experimentar desde el primer instante de la vida hasta el último. Para bien o para mal también observamos lo que hacen, padecen y dicen los demás, especialmente nuestros tutores familiares o profesionales.

Al final el padeciente sólo tiene la certeza de que lleva sobre sí una losa mortificadora que nadie acierta a explicar de dónde viene.

En los cursos hacemos un análisis crítico de las creencias y expectativas habituales, aprendidas, desde la perspectiva de lo que se va sabiendo sobre la actividad neuronal. Tras la crítica presentamos nuestro modelo, también apoyado en el conocimiento actual del funcionamiento de la red neuronal defensiva.

Las cuestiones migrañosas pertinentes no son los genes, los estreses, el chocolate, la meteorología ni las hormonas sino la evaluación que el cerebro ha aprendido a hacer de todos ellos.

A estas alturas del siglo XXI, en pleno furor por saberlo todo del cerebro, choca que nada se diga sobre él cuando analizamos la migraña. Basta reflexionar sobre los procesos básicos cerebrales para caer en la cuenta de la importancia de conocerlos. Participamos consciente o inconscientemente en las decisiones cerebrales, al menos en parte y esa participación puede producirse desde el universo del miedo y la ignorancia o desde la racionalidad confiada.

Muchos alumnos comprenden la trascendencia del cambio de enfoque y se benefician de ello. Algunos pocos no acaban de aceptarlo y otros aun aceptándolo no aciertan a convertirlo en una conducta práctica que preste el alivio buscado.

La Educación terapéutica en Neurociencia se abre paso no sin esfuerzo y resistencia como herramienta imprescindible para afrontar cualquiera de las múltiples expresiones del dolor crónico.

Hay bastante experiencia en dolor crónico lumbar e incipiente en fibromialgia. Somos los únicos que aplicamos la estrategia en la migraña. Los resultados son satisfactorios, mejores que los que habitualmente se publicitan en las revistas aplicando toda la parafernalia terapéutica multidisciplinar.

El saber ocupa lugar, especialmente si hablamos de la conectividad neuronal.

No hay muchas oportunidades de alfabetizarse en trabajo neuronal y dolor.

El curso es una buena oportunidad para dedicarle un sábado y hacer turismo biológico.

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En las antípodas

Sostienen los neurólogos que la migraña es una enfermedad cerebral genética que genera, por caminos de hiperexcitabilidad neuronal no explicados, dolor e intolerancia sensorial y digestiva.

Recomiendan para contener esa tendencia hiperexcitable de los circuitos llevar una vida ordenada, contenida, monacal, y neutralizar el dolor con calmantes y aislamiento, tan pronto como uno lo sienta, siempre bajo la tutoría de un profesional, a poder ser un neurólogo, pues el arte de indicar un ibuprofeno o un triptán supera la capacidad intelectual del paciente y del  médico de atención primaria.

El que un 15% de la población habite periódicamente el infierno migrañoso se justifica por una combinación de genes comunes de excitabilidad y hábitos excitadores. Identificar los desencadenantes debe ser una tarea fundamental. Una vez identificados bastará con evitarlos para obtener el alivio con ayuda de unos fármacos preventivos moduladores de la hiperexcitabilidad.

El esquema de la excitabilidad y la evitación es similar al de las reacciones alérgicas: se identifica el alérgeno (el gato, el polen, el látex) y se evita la exposición.

Ni la reacción alérgica ni la crisis migrañosa aportan nada al organismo. Son una respuesta defensiva innecesaria frente a un peligro imaginario.

Si pudiéramos deberíamos convencer al sistema neuroinmune de que la activación alérgica o migrañosa es un error evaluativo y que debiera corregirse.

No veo el modo de explicar a las células del sistema inmune cuestiones básicas sobre inmunidad. La pedagogía teórica no llega a los linfocitos. Con toda seguridad el sistema inmune aprende y modifica sus respuestas a golpe de experiencia pero sus decisiones no cambiarán por la interiorización de lo aprendido en “clase”. Eso creo.

Con las neuronas es otra cosa. Sus circuitos están abiertos al cambio a través de la pedagogía. Los neurólogos conocen ese hecho y recomiendan campañas de información y sensibilización.

El problema está en el contenido de esa información.

Hay información sensibilizante, la oficial, e información desensibilizante: la que aquí se propone.

La información sensibilizante, que consolida la convicción de enfermedad y promueve la conducta de búsqueda y evitación del desencadenante y la toma precoz del calmante, debiera proteger a quien es firme defensor de ella, es decir, al colectivo de neurólogos, el más informado y sensibilizado de la población. Sin embargo sucede lo contrario: sufren la incidencia más alta de crisis. Hay poco publicado sobre esa curiosidad estadística y, aunque es algo sabido, se oculta y despacha con la primera excusa no contrastada que pueda colar.

En las antípodas está la propuesta informativa que aquí se ofrece: no hay cerebro enfermo ni genética migrañosa, sino un proceso de aprendizaje que conforma la excitabilidad de los circuitos responsables de la proyección del dolor y la intolerancia sensorial y digestiva. Los circuitos no nacen determinados por los genes. Venimos al mundo con el mandato genético del aprendizaje. En nuestra especie es un aprendizaje poderosamente influido por los tutores, es decir, los neurólogos.

La prédica de los neurólogos es la misma en todo el mundo. Todos hacen la misma propuesta. Hay consenso.

La propuesta contraria, la de este blog, sólo se defiende en esta casa.

¿A qué y quién creer?

A decir verdad, la propuesta oficial muestra algún indicio de cambio. Reputados líderes de opinión sugieren que la recomendación sensibilizante puede ser inadecuada y que habría que dar un giro de 180º a los consejos: nada de evitar el desencadenante sino buscar la tolerancia: acercarse al queso curado y el chocolate sin miedo, aumentando progresivamente la dosis. Sería algo similar a las vacunas en la alergia. debemos quitar el miedo neuroinmune a lo banal, a lo inofensivo.

La migraña se aprende fácil y se puede desaprender con una dificultad y éxito variables.

Ayer Saratxu nos ofreció un testimonio valioso que muestra el camino a seguir, con un efecto colateral muy importante: la extensión del conocimiento al aprendizaje de su hija.

Dicen los neurólogos que no hay mas que genética en la transmisión de la condición migrañosa de padres a hijos. Para ellos no existe imitación, observación de conductas, instrucción teórica, modelos. Eso es psicología. La migraña es algo químico.

Nosotros proponemos que nada tiene sentido en la conformación de los circuitos neuronales si no es a la luz del aprendizaje tutorizado.

No hay consenso. Hay que optar por una de las propuestas: la del colectivo oficial (o alternativo, similar en su estructura) o la de este humilde blog.

Yo no tendría dudas pero, claro, es una opinión.

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¡Gracias!

Ha finalizado una serie necesaria (Escuela del dolor. Explorando vías de afrontamiento). Los testimonios de quienes no han conseguido librarse del dolor pese a comprender y aceptar las propuestas teóricas del blog quedan incorporados a los archivos y seguirán aportando su inapreciable valor a los lectores.

Sólo puedo dar las gracias a quienes han colaborado redactando entradas y, muy especialmente, a Cristina, promotora y animadora de la propuesta.

Ha quedado meridianamente claro que la Pedagogía no es necesaria ni suficiente para ganar la batalla al dolor, pero sí muy conveniente y, sobre otras consideraciones, fiable en sus contenidos por estar basada en conceptos básicos de Neurofisiología.

Saber que el dolor no es un buen indicador del estado de los tejidos sino de la evaluación que el cerebro hace de ellos es un concepto crucial, ampliamente soportado por la Ciencia.

La Pedagogía informa sobre los procesos básicos de la defensa de la integridad física del organismo. No es una terapia que debe demostrar su eficacia sino un proceso de divulgación de hechos absolutamente fundamentados. Quien critica la Pedagogía debe señalar específicamente la afirmación concreta a la que se niega su veracidad  y demostrar que es falsa. No se trata de ver si funciona sino si contiene afirmaciones veraces.

El blog no busca la medicina basada en la evidencia sino en la Ciencia.

Aun cuando no se busque esa evidencia clínica de eficacia cada vez es más firme el soporte bibliográfico de que el proceso pedagógico aporta un alivio considerable a la carga de sufrimiento e invalidez sin más trabajo que el de comprender y aplicar lo que se aprende. Ello no quita para que pueda complementarse la intervención pedagógica con apoyos de psicólogos, fisioterapeutas o expertos en el manejo farmacológico del dolor.

No nos oponemos al abordaje multidisciplinar pero pensamos que su aplicación debe desplegarse desde una base teórica común en la que se integre todo el conocimiento aportado por todas las disciplinas.

Los testimonios de estos días deben hacernos reflexionar y obligar a pensar más en la piel del padeciente y no sólo en el rigor teórico de los conceptos. Sin embargo el blog no puede asumir más que la exposición de esos conceptos y los testimonios de quienes tienen problemas para comprenderlos y/o aplicarlos.

Yo he tenido mi propia andadura por el infierno del dolor y el mareo crónicos y no sabría explicar cómo conseguí librarme de ellos. No sabría extraer de mi proceso un método ni pautas. Todo se reduciría a conseguir la convicción de organismo sano, una autoinyección de confianza y sosiego y tratar de enfocar la atención hacia las tareas previstas.

No se penaliza ni culpabiliza a quien echa mano de fármacos o cualquier otra acción aliviadora. Cuando padecía de mareos llevaba en el bolsillo betabloqueantes (Sumial) y antes de salir de casa tomaba con el desayuno 10 mg para calmar la bestia somática. Con el tiempo se me fue olvidando reponer las pastillas y, sin darme cuenta ni proponérmelo, fui dejando de necesitarlas.

Descartada una causa lesional nada amenazante sucede en la cabeza cuando percibimos dolor en ella ni el dolorimiento sobre la columna implica necesariamente que la carga que soporta es excesiva por sufrir un estado vulnerable.

La evaluación anticipada de daño es, probablemente la función defensiva más importante del organismo. No es una función psicológica sino matemática. El cerebro procesa probabilidades y las ajusta con la información continuada que aportan las neuronas sensoriales. No siempre la información sensorial contiene la dinámica emocional del miedo. En estos casos el procesamiento neuronal se enreda en bucles de retroalimentación que llevan el dolor hasta el nivel de saturación que la conectividad de cada estado permite.

La patología evaluativa debería tener ganada la misma consideración que la patología infecciosa, tumoral o degenerativa. Las creencias y expectativas pueden ser patológicas y su patología no es más que la expresión de un cálculo de probabilidades errado, sesgado por la incertidumbre y la información experta.

La Medicina debe ampliar su ámbito conceptual y tomarse en serio el aprendizaje, la conectividad neuronal sensible a lo que se dice, observa y concluye. Ese es el objetivo del blog: hacer visible el proceso evaluativo.

Comprendo a quienes defienden la hipótesis de la enfermedad invisible o negada y critican la tesis evaluativa pero creo que pueden integrarse ambas propuestas, simplemente aceptando la función evaluativa como algo biológico, tan físico como puede ser, por ejemplo, el procesamiento de los alimentos.

Los sistemas biológicos son sistemas complejos y siguen las leyes de estos. No debiera descuidarse ninguno de sus componentes pues los efectos negativos que de ello se derivan pueden ser devastadores.

Seguiremos investigando en el blog. Seguiremos buscando nuevos conceptos que exigen ser considerados. La serie de testimonios y reflexiones desde la orilla de los padecientes nos ha enseñado a valorar más la perspectiva de quien no consigue el éxito esperado.

Reitero mi agradecimiento y espero que siga habiendo aportaciones de padecientes, sea cual sea su contenido.

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“Escuela de dolor: explorando vías de afrontamiento” (XII) – No hay ovejas negras

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Cristina Arenaz

“Por último, a pesar de que haya momentos en los que uno se muere de miedo, entra en pánico, se desanima o lo ve todo negro, siempre pensar que sois todos y cada uno de vosotros muy valientes. Lidiar con crisis de dolor de intensidad no tolerable, con dolor crónico invalidante (se localice donde se localice) y con los síntomas que suelen acompañar a estas situaciones, es de valientes, aunque no siempre nos percibamos así. Quien se levanta cada mañana para afrontar, sea su afrontamiento cual sea, es una persona fuerte y valiente aunque a veces se muera de miedo y esto se pueda considerar un oxímoron, ;-)”.

Este punto es el último de los diez de la introducción y, por tanto, esta entrada cierra la serie “Escuela de dolor: explorando vías de afrontamiento”. No sé si hemos conseguido dar pistas, esbozar herramientas, reorientar algunos caminos, o quitar algo de “presión” a las personas que, como es mi caso, se enredaron por el camino o aplicaron algunos de los mensajes pedagógicos de modo fundamentalista, perdiendo unos miedos por el camino y adquiriendo otros nuevos, o que pensaban que eran “ovejas negras” porque no progresaban adecuadamente a pesar de ser buenos alumnos y alumnas. Lo que sí sé es que todas y cada una de las personas que hemos colaborado en este proyecto lo hemos hecho con la mejor intención del mundo intentando aportar un “algo más” cuando la información, siempre necesaria, no es suficiente, desde la empatía y el conocimiento del sufrimiento, la indefensión y todo lo que conlleva vivir con dolor crónico (y otros síntomas) no asociados a daño relevante.

Las ideas las hemos comentado tantas veces a lo largo de esta serie de entradas, que no voy a repetirme de nuevo redactando unas conclusiones que recojan todo lo ya dicho, sólo me gustaría destacar la frase del título: aquí no hay ovejas negras, ni una sola. Creo que ha quedado claro que «cerebro y persona» es un tándem inseparable, que cada cerebro es un “mundo” junto con la persona que lo complementa, y que al cerebro no podemos llegar directamente diciéndole: oye hermano, que estás equivocado y me haces sufrir… y por eso, para intentar revertir el error evaluativo cerebral, hay que trabajar desde y con la persona cuyo organismo está gobernado por ese cerebro equivocado. Pero es el cerebro el que tiene el mando (on-off), el hecho de que mantenga pulsado el “on” a pesar del trabajo realizado para actualizar conocimiento y modificar creencias y conductas de afrontamiento, no implica que la persona haya fallado o que no haya absolutamente nada más que se pueda hacer. Si alguien se ha quedado “en tierra de nadie”, hay que ser consciente de ello e intentar salir de ahí por otros medios que complementen a lo ya aprendido con el objetivo de ganar en calidad de vida.

No me gusta el término “oveja negra” porque denota algo diferente y poco respetable dentro de un grupo. Consulto en la Wikipedia y veo que el término “deriva de la presencia indeseable y poco común de individuos de lana negra en rebaños de ovejas, lo cual no era bueno para el criador ya que la lana de dichas ovejas no era cotizada en el mercado”. Creo que a las personas que hemos tenido la suerte de acceder a la información sobre neurofisiología del dolor y biología de organismo se nos podría considerar ovejas negras únicamente en el sentido de ser “poco común” el hecho de que un paciente reciba este tipo de formación, pero nunca jamás en sentido despectivo o porque no hayamos conseguido el beneficio esperado de la pedagogía. Por eso, porque somos “poco comunes”, menos de color blanco (que es el más habitual), nuestra lana sería multicolor, representando la gran diversidad del comportamiento humano, los distintos modos de afrontamiento y la también diversidad en el grado de resolución de los síntomas. Yo últimamente me calificaba como “oveja verde” porque me sentía en tierra de nadie, de hecho, cuando buscaba una foto para este escrito y encontré la que lo ilustra, pensé… mira… ahí estoy, en el centro y en primera fila, esa debe ser “la foto”, la que mejor ilustra que no hay ovejas negras, sino que el rebaño es multicolor.

Personalmente, me siento orgullosa del trabajo realizado estas últimas semanas y doy las gracias a todas las personas que se han implicado en este proyecto, no voy a enumerarlas porque ya las conocéis a todas y están sus nombres en cada uno de los escritos que forman parte de la serie “Escuela de dolor: explorando vías de afrontamiento”. También agradecerle a Arturo su apoyo y aportación fundamental a través de los comentarios. Sí es cierto que me hubiera gustado llegar aquí y poder decir: ¡tenemos las claves!… y ahora todos vosotros vais a conseguir darle la vuelta a la tortilla. O, al menos, tratar más temas y con mayor profundidad, pero como en más de una ocasión se ha comentado, es complicado y arriesgado desde un blog y sin poder valorar situaciones personales, ofrecer mucho más. Y ya sabíamos que las reflexiones podían abrir puertas, esbozar caminos o reconducirlos pero no pretendían en ningún momento descubrir la última pieza del puzzle ni dar fórmulas mágicas porque no las hay. Sólo espero que quede clara la idea de que no podemos detener el mar pero sí podemos aprender a surfear entre las olas.

Ya hemos dicho que no hay un único camino “correcto” pero que los desvíos excesivos, los enredos por senderos que no llevan a ninguna parte, incluso las caídas … se pueden reconducir con ayuda si el viajero no consigue orientarse o salir del pozo por sí mismo, que el camino no es tan fácil, que llevar brújula en la mochila puede ayudar, que no hay que buscar al príncipe encantado (no tener dolor o no tomar una pastilla nunca más) porque puede salirnos rana (más presión, más ansiedad), que intentar manejar las emociones sin recursos es muy complicado porque no podemos controlar qué pasajeros suben al autobús, que los pensamientos intrusivos y catastrofistas, si no aprendemos a pararlos o apartarnos de ellos, pueden llevarnos al abismo del mismo modo en que nos lleva el dolor, que no “tenemos” un esqueleto, músculos, glándulas, un sistema nervioso, sino que “somos” todo eso, que no existe un movimiento correcto sino diferentes maneras de hacerlo más fácil, que, que, que… Hemos dicho tantas cosas que sólo espero que alguna de ellas haya ayudado “al menos a una persona”. Eso es algo que siempre decimos cuando se organiza un curso u otra actividad formativa, si ayuda a una única persona a salir del abismo o a vislumbrar la salida ya ha merecido la pena el esfuerzo y las horas de dedicación de varias personas.

Creo que los objetivos desde los que hay que trabajar en esta línea también se han comentado suficientemente pero los repito de nuevo porque me parece algo importante para no partir de expectativas demasiado pretenciosas:

1) El primer objetivo al hacer pedagogía del dolor debe ser conseguir que el cerebro haga una gestión razonablede los programas o respuestas de enfermedad (dolor y cualquier otro síntoma no asociado a daño relevante).

2) Del mismo modo, el primer objetivo al utilizar vías complementarias a la pedagogía cuando se considere necesario, será ir “ganando espacio” de forma progresiva y aunque los síntomas persistan. Recordar la imagen de las tres copas: misma cantidad de líquido (síntomas), pero cada vez más espacio (calma en el sistema nervioso central). El cerebro está sensibilizado, qué lo desensibilizará… no lo sabemos con certeza pero ganar espacio siempre será beneficioso.

3) Otro punto que debe quedar muy claro, sea lo que sea lo que decidáis hacer, el camino que decidáis tomar, hacerlo desde el CONVENCIMIENTO y no “por si funciona” o porque lo recomiendan en el blog. El momento “Ajá” (verlo claro) es el punto de partida.

Y como somos conscientes de que “no es tan fácil” encontrar profesionales (pedagogos del dolor, médicos, psicólogos, fisioterapeutas, neurólogos…) que nos acompañen, guíen o reorienten durante el proceso una vez hemos accedido a la pedagogía, queremos poner punto y final a esta serie de entradas dando algunas referencias bibliográficas para que, quien quiera, quien considere que le puede ayudar, trabaje en esta línea por su cuenta, que también es posible aunque lo más recomendable sea contar con ayuda profesional.

Las primeras referencias de la lista nos sirven para actualizar el conocimiento sobre cerebro, neurofisiología del dolor y movimiento, y con el resto de libros creemos que se puede entrenar sin ayuda profesional la atención plena y el estrés producido por los pensamientos recurrentes, intrusivos y dramáticos que se cuelan sin permiso en nuestra conciencia. Por supuesto, no hay que leerlo todo, sólo aquello en lo que apetezca o interese profundizar.

Migraña: una pesadilla cerebral (Arturo Goicoechea). Edit. Desclée de Brouwer. Básico para tener una visión general del planteamiento teórico y para afrontar no sólo la migraña, sino cualquier otro síntoma no asociado a daño relevante.

– “Explicando el dolor” (David S. Butler, G. Lorimer Moseley). Edit. Noigroup. También básico para conocer la neurofisiología del dolor de modo sencillo y más enfocado al dolor músculo-esquelético.

– “Fantasmas en el cerebro” (Ramachandran). Edit. Debate.

– “La sabiduría del cuerpo Edit. Sirio. Recopilación de artículos de Moshe Feldenkrais.

– “Cuaderno de trabajo para el tratamiento corpomental del trastorno de estrés postraumático” (Stnaley Block, Carolyn Bryant Block). Edit. Desclée de Brouwer. No asustaros por el título, es un cuaderno de trabajo que aporta estrategias y ejercicios que se adaptan también a una situación de dolor crónico.

–“Tranquilos y atentos como una rana” (Eline Snel). Edit. Kairós. Está dirigido a niños pero no he podido evitar incluirlo en la lista porque a mí personalmente me ha encantado este libro. Incluye un CD con ejercicios prácticos que son una “gozada”.

– “Mindfulness para principiantes” (Jon Kabat-Zinn). Edit. Kairós. Éste sí es para adultos e incluye CD con meditaciones guiadas.

–“El milagro de Mindfulness”. Thich Nhat Hanh. Edit. Oniro. Es un poco más “espeso” pero con ejercicios muy buenos de respiración.

– “Estrésese menos y viva más”. (Richard Bionna). Edit. Desclée de Brouwer. Es un programa (para hacer en casa sin ayuda profesional) basado en la terapia de aceptación y compromiso y el mindfulness.

Por último, y que quede bien claro que esto lo hago como iniciativa personal porque sé que es difícil llegar a los fisioterapeutas que trabajan en este marco teórico, voy a poner las referencias que “conozco” y que me atrevo a recomendar porque tienen programas específicos de dolor crónico. Habrá más centros y más profesionales recomendables pero sólo cito los que yo conozco. Si os quedan muy lejos de vuestros lugares de residencia, también podéis contactar con la SEFID para pedir información sobre sus fisioterapeutas asociados.

♦ SOCIEDAD ESPAÑOLA DE FISIOTERAPIA Y DOLOR (SEFID):

http://www.sefid.es/

♦ En Vitoria: http://www.asiermerino.com/

http://www.asiermerino.com/tratamiento_7.php

Personas de contacto: Asier Merino y Maite Goicoechea

♦ En San Sebastián: http://fisioterapiagaruna.com/

http://fisioterapiagaruna.com/vetsservices/pedagogia-del-dolor/

Personas de contacto: Amaia González y María Jiménez

♦ En Valencia:Programa de tratamiento del paciente con dolor crónico complejo. Persona de contacto: Rafael Torres Cueco – 96 360 75 81 – Rafael.Torres@uv.es

Finalmente, gracias también a todas y cada una de las personas que nos habéis acompañado en el blog estas semanas, tanto a los lectores, como a los que habéis reflexionado con nosotros a través de vuestros comentarios.

Un gran abrazo de despedida.

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“Escuela de dolor: explorando vías de afrontamiento” (XI) – ¡¡¡Paren… que me quiero bajar!!! (Sol del Val)

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“La Pedagogía no sólo se complementa desde la Fisioterapia, también se puede complementar desde la Psicología, para ayudar, entre otras cosas, en todos esos factores que señala Francisco como “agentes tóxicos”, que se desencadenan junto con una situación de dolor crónico invalidante que afecta y condiciona toda la vida cotidiana (pensamientos intrusivos, “nunca saldré de esta situación”, rumiar el sufrimiento, fatalismo, percepción de invalidez, frustración, indefensión, etc.). Antes lo creía, que se podía complementar la pedagogía con psicología, ahora lo veo necesario en los casos donde no se le da la vuelta a la tortilla y la situación genera mucho sufrimiento”.

¡¡¡PAREN… QUE ME QUIERO BAJAR…!!!

Sol del Val. Psicóloga.

El dolor crónico sin daño relevante y el sufrimiento que causa en los seres humanos que lo padecen no podría entenderse sin detenerse en las reacciones emocionales y en los pensamientos que le rodean.

El discurso de todos los individuos que se sienten y viven enfermos tiene algo en común, independientemente de la biografía de cada cual, de su situación social, económica, familiar, personal y de las situaciones experimentadas a lo largo de la vida: está invadido de pensamientos cuyo contenido gira en torno a la discapacidad, la enfermedad, el desánimo, la indefensión, la falta de control, la sensación de un futuro incierto, la nostalgia de un pasado de salud (si alguna vez lo hubo), la pérdida de oportunidades, la culpabilidad y un largo etcétera.

Si bien es cierto que el conocimiento sobre cerebro y dolor posibilita armar una creencia nueva (“no estoy enfermo”), los pensamientos intrusivos siguen campando a sus anchas y el diálogo mental del que raras veces somos conscientes es lo suficientemente poderoso como para crear las emociones más intensas. Este diálogo interno hace que los pensamientos se experimenten como si fueran un reflejo, sin reflexión o razonamiento previo, y se graban como plausibles y válidos. Estos pensamientos, sean lo irracionales que sean, siempre son creídos, tienden a ser catastrofistas, dramáticos, son difíciles de desviar y son aprendidos.

Desde la psicología cognitivo conductual se trabajó durante muchos años para poder ejercitar control sobre los pensamientos y su flujo constante. Se trataba de proponer ejercicios que parasen el pensamiento negativo y sustituirlo por uno positivo, agradable, que generase una emoción positiva. Los estudios más recientes han comprobado que las técnicas de evitación experiencial, como la supresión de pensamientos o emociones, o el escape de estímulos aversivos, tienden a ser contraproducentes, contribuyendo a mantener los estados subjetivos negativos que se tratan de evitar.

En muchas ocasiones, no somos conscientes del flujo de pensamientos que nuestra mente produce o que llegan a ella, simplemente nos dejamos llevar como arrastrados por la corriente de un río. Nos identificamos con el relato que construimos sobre quiénes y cómo somos. Mientras tanto, el “yo” del “aquí y ahora” nos pasa desapercibido, y con él la posibilidad de experimentar el mundo y vernos a nosotros mismos desde una perspectiva diferente, más abierta.

Recientemente, el uso de técnicas de meditación de consciencia plena (mindfulness) ha tratado de reconducir la situación. En lo fundamental, estas técnicas se basan en el entrenamiento de la atención, ya sea focalizándola en los estímulos externos que nos rodean o en el flujo de nuestros pensamientos y emociones. En cuanto a la actitud con que se lleva a cabo, la meditación requiere la contemplación de pensamientos y emociones sin interpretarlos, juzgarlos o evaluarlos en modo alguno. Implica una mirada compasiva, curiosa y abierta hacia todo aquello que atraviesa nuestro campo de conciencia, sin interferir en ello, simplemente aceptándolo.

El entrenamiento en mindfulness trata de hacer que la persona sea plenamente consciente y acepte sin juzgar sus pensamientos y emociones, aunque éstos no sean agradables. En este sentido, el mindfulness promueve la exposición a la experiencia, frente a la evitación de la misma.

Cuando alguien es consciente de cuáles son sus pensamientos, emociones y sensaciones en el momento presente, los acepta y no se identifica con ellos, es más fácil que se abra a nuevas posibilidades, quizá más positivas, a la hora de reinterpretar la realidad, dejando a un lado pensamientos negativos previamente automatizados.

Lo que os propongo en esta entrada es aprender a reconocer los pensamientos negativos, esos que giran en torno a la enfermedad, a la catástrofe, a la incapacidad y al miedo a enfrentarse al futuro “por si….”. Y a la nostalgia del pasado en el que hubo un tiempo (o no) en el que se gozó de salud.

Aprendiendo a ser conscientes de los pensamientos y aceptarlos como productos mentales que son, también seremos conscientes de que no son realidades. Desde la aceptación del pensamiento, podremos dejar que pase sin más.

El entrenamiento que os propongo ha de ser habitual, diario y tiene las siguientes características:

1. Elegir al comienzo un momento en el día en que sólo nos dediquemos a esto, sin prisas, sin interrupciones.

2. Nos sentaremos cómodamente o nos tumbaremos, desentumeceremos el cuerpo y centraremos toda nuestra atención en la respiración.

3. La respiración consciente nos devuelve siempre al aquí y al ahora, al momento presente e interrumpe la cascada de pensamientos.

4. La respiración ha de ser suave, natural, sin forzarla, sólo es necesario fijar un punto del cuerpo en el que ésta se haga más presente y ser conscientes del aire que entra y del aire al salir. Para hacernos más conscientes de ella podemos contar mentalmente hasta cuatro en cada inspiración suave y hasta seis en cada espiración haciendo una pausa al término de ésta.

5. Cuando llegue un pensamiento lo aceptaremos, no trataremos de evitarlo, ni pararlo porque si así lo hacemos, cuando surja nuevamente lo hará con más fuerza. En lugar de evitarlo, lo aceptaremos y “etiquetaremos”. Etiquetar un pensamiento consiste sencillamente en nombrarlo.

6. El etiquetado te permite darte cuenta de que un pensamiento no es más que eso, un pensamiento, por ejemplo si pienso: “Mañana tengo una cita importante, ¿me impedirá este dolor acudir a ella?”, lo etiquetaré diciendo: “ahora estoy pensando que el dolor me impedirá acudir a la cita”. O bien diciendo: “esto es sólo un pensamiento”.

7. El etiquetado de pensamiento tiene que ir unido a la respiración consciente que nos facilitará volver al aquí y al ahora, al presente, donde el miedo no existe.

8. Una vez etiquetado volveremos a la respiración y cuando surja otro pensamiento haremos lo mismo.

Esto que al comienzo sólo haremos como entrenamiento en un momento elegido para tal fin, podremos incorporarlo a cada acción en nuestra vida diaria, en la ducha, mientras caminamos, fregando los platos, conduciendo…… hasta convertirlo en una herramienta interna que nos proporcionará serenidad y nos alejará de la ansiedad y el miedo.

Aprovechar o no esta herramienta sólo está en vuestras manos, es algo de libre elección, que no requiere de ninguna habilidad especial, aunque sí de una práctica continuada cuyo resultado merece la pena.

A practicar (o no) y que lleguéis a ser capaces de vivir en el AHORA, aunque no se trate de vuestro mejor momento.

 Sol del Val

Muchas gracias Sol por tu aportación, valiosa como siempre. La aceptación del pensamiento como algo que surge como producto cerebral y que se puede observar desde fuera para dejarlo pasar sin que se convierta en algo perturbador, es fundamental.

En esta ocasión, como Sol no necesita presentación, en vez de haber introducido su escrito, he preferido ponerle fin al mismo añadiendo un pequeño ejemplo basado en mi trabajo personal con el etiquetado de pensamientos por si os sirve de ayuda para interiorizar la idea, que es bien sencilla y, desde mi experiencia, muy útil para ser consciente de que los pensamientos son sólo eso, pensamientos, hechos mentales, que pueden ser ciertos o no, pero que si nos dejamos atrapar por ellos, acabamos creando un relato negativo y distorsionador de la realidad que nos puede llevar al abismo del mismo modo en que nos llevan los síntomas cuando son invalidantes y lo acaparan todo, nos suben a una noria que gira y gira sin parar… sin que la podamos parar… sin que nos podamos bajar… Pero, aunque no sea fácil, podemos aprender a cambiar la velocidad de la noria, modificar el rumbo de nuestros pensamientos, hacer que no giren en un bucle sin fin y traerlos de vuelta al momento presente, que es donde estamos y desde donde tenemos que trabajar para ganar en calidad de vida.

Mi “pequeña” aportación es algo tan sencillo como ilustrar tres ideas con imágenes, nada más:

1) ¿Cuál debe el punto de partida al trabajar con este tipo de estrategias? Esta imagen (versión “personalizada” de una figura de Stanley Block y Carolyn Bryant Block), desde mi punto de vista lo ilustra muy bien:

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Desde mi experiencia personal considero que el objetivo inicial consiste en ir “ganando espacio” de forma progresiva, aunque los síntomas persistan. Misma cantidad de líquido (síntomas), pero cada vez más espacio (calma en el sistema nervioso central). De ahí en adelante, cada persona irá viendo qué cambio supone en su situación y circunstancias personales ese “espacio ganado”.

2) “¿Sabías que… desde el punto de vista de la neurociencia un pensamiento no es más que una secreción, una gotita de un producto químico vertida en el punto en que conectan dos células cerebrales (sinapsis)?” (Stanley Block y Carolyn Bryant Block).

Como ha recomendado Sol, cuando detectamos que un pensamiento intrusivo llega a nuestra mente, simplemente lo etiquetamos, nombrándolo:

Mafalda

Esta sencilla estrategia nos hace ser conscientes de que “no es más que un pensamiento” y que no necesariamente es la realidad, en este ejemplo concreto tomo conciencia de que estoy adelantándome a los acontecimientos, quién sabe cómo acabará el día, si seré o no capaz de afrontarlo. Una vez etiquetado, vuelvo al momento presente.

3) Cuando percibo mucho “ruido” en mi mente porque se llena de pensamientos intrusivos, catastrofistas, de incertidumbre… proyecto estas imágenes y me digo a mí misma estas frases (la primera de ellas la considero un “regalo” de Sol):

“Pensamiento, habla, te escucho….”IMG-20150531-WA0008¡¡¡¡¡¡¡¡Shhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!

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“Vuelve aquí y ahora…”

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Con estos ejemplos quiero ilustrar que cada persona podéis personalizar o buscar estrategias propias, al igual que se hace con el trabajo pedagógico para interiorizar las ideas o conceptos teóricos y llevarlos a la práctica en el día a día… Como hemos comentado estos días pasados, lo fundamental de cualquier estrategia es que tenga “significado” para la persona que la emplee.

Espero que las herramientas propuestas por Sol y por Mar os ayuden a introducir un poco de calma en el sistema nervioso central. Y, si os ayuda, también recordar…

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Cristina.

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